La siguiente es una cita textual de Un antropólogo en Marte, de Olver Sacks (Anagrama, 2001). En esa parte del texto el autor habla sobre el autismo, y dice:
Uta Frith ha escrito en su libro Austism: Explaining the Enigma: "El autismo ... no desaparece ... Sin embargo, los autistas pueden, en cierto modo lo hacen, compensar su discapacidad hasta un grado extraordinario. [Pero] subsiste un déficit permanente ... algo que no puede corregirse ni sustituirse." También da a entender, como especulación, que puede haber un reverso a ese "algo", una especie de intensidad o pureza moral o intelectual, tan apartada de lo normal como para parecer noble, ridícula o temible al resto de nosotros. Se pregunta, en este sentido, por los iurodiyi [mendigos benditos] de la vieja Rusia, sobre el ingenuo hermano Junípero, uno de los primeros seguidores de San Francisco de Asís, y, de manera muy interesante, por Sherlock Holmes, con sus rarezas, sus peculiares fijaciones, su "pequeña monografía sobre las cenizas de 140 variedades de tabaco de pipa, cigarro y cigarrillo", y las extremas originalidades que se permite a la hora de solventar casos que la policía, de pensamiento más convencional, es incapaz de resolver. El propio Asperger habló de la "inteligencia autista" y la consideró una especie de inteligencia apenas afectada por la tradición y la cultura: nada convencional, ni ortodoxa, extrañamente "pura" y original, parecida a la inteligencia de la verdadera creatividad.
PD: En este enlace, otro "dato" interesante sobre Sherlock Holmes
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10.3.13
10.8.08
House y Holmes
Hace tiempo que no hablo en este blog de literatura policial, y en cierto modo tampoco lo haré ahora. Sólo quiero referirme un poco a los homenajes que la serie de televisión Dr. House rinde al detective de ficción Sherlock Holmes (para encontrar datos adicionales que no mencionaré aquí véase por ejemplo este enlace, donde a su vez no hay datos que sí mencionaré).
1. House (el apellido del protagonista de la serie y alter ego del detective) suena parecido a Holmes, especialmente si uno pronuncia las palabras intentando que suenen parecidas y además otro las escucha con intención de creer que suenan parecidas (admitamos en todo caso que suenan más parecidas que pera y remolacha, por citar un ejemplo).
2. El mejor amigo de Holmes es el Dr. J. Watson. Sería divertido que el mejor amigo de House (que es médico) fuera un detective, pero es otro médico, el Dr. J. Wilson. Agrego: Wilson se casa y divorcia varias veces, lo mismo sucede con Watson, según han deducido los biógrafos de Holmes.
3. A Holmes sólo le gusta aceptar casos que signifiquen un desafío a su inteligencia, lo mismo House.
4. Ambos sacan conclusiones de pequeños detalles (en la ropa, gestos, etc.) que observan en las personas a su alrededor.
5. House vive en el 221 B de alguna calle (la placa de la casa se ve en algunos capítulos de la serie). Cierta vez Jaime Poniachik comentó que el museo de Londres dedicado a Holmes funciona en una casa en cuya puerta está el número 221 B (Holmes, no sé si es necesario aclararlo, vivía en Baker Street 221 B).
El comentario de Jaime es que poner 221 B en la placa es en realidad un error histórico. La puerta de Holmes debía de decir solamente 221. La letra B agregada a la dirección significa que Holmes residía en la planta alta (en la planta baja vivía la Sra. Hudson, la dueña de casa que le alquilaba el piso superior a Holmes, y cuya dirección, supongo, era 221 A o simplemente 221).
6. Holmes nunca dijo elemental mi querido Watson, House tampoco.
7. House trata como inferiores a todos los demás médicos del hospital donde trabaja. Incidentalmente todos los demás médicos usan guardapolvo blanco (un uniforme, digamos) pero él no lo usa. Por su parte, Holmes trata como inferiores a los policías oficiales, algunos de los cuales usan uniforme.
Addenda:
8. Hacia el final de la 5º temporada hay una referencia a un ficticio (¡como si lo demás fuera real!) romance con Irene Adler.
1. House (el apellido del protagonista de la serie y alter ego del detective) suena parecido a Holmes, especialmente si uno pronuncia las palabras intentando que suenen parecidas y además otro las escucha con intención de creer que suenan parecidas (admitamos en todo caso que suenan más parecidas que pera y remolacha, por citar un ejemplo).
2. El mejor amigo de Holmes es el Dr. J. Watson. Sería divertido que el mejor amigo de House (que es médico) fuera un detective, pero es otro médico, el Dr. J. Wilson. Agrego: Wilson se casa y divorcia varias veces, lo mismo sucede con Watson, según han deducido los biógrafos de Holmes.
3. A Holmes sólo le gusta aceptar casos que signifiquen un desafío a su inteligencia, lo mismo House.
4. Ambos sacan conclusiones de pequeños detalles (en la ropa, gestos, etc.) que observan en las personas a su alrededor.
5. House vive en el 221 B de alguna calle (la placa de la casa se ve en algunos capítulos de la serie). Cierta vez Jaime Poniachik comentó que el museo de Londres dedicado a Holmes funciona en una casa en cuya puerta está el número 221 B (Holmes, no sé si es necesario aclararlo, vivía en Baker Street 221 B).
El comentario de Jaime es que poner 221 B en la placa es en realidad un error histórico. La puerta de Holmes debía de decir solamente 221. La letra B agregada a la dirección significa que Holmes residía en la planta alta (en la planta baja vivía la Sra. Hudson, la dueña de casa que le alquilaba el piso superior a Holmes, y cuya dirección, supongo, era 221 A o simplemente 221).
6. Holmes nunca dijo elemental mi querido Watson, House tampoco.
7. House trata como inferiores a todos los demás médicos del hospital donde trabaja. Incidentalmente todos los demás médicos usan guardapolvo blanco (un uniforme, digamos) pero él no lo usa. Por su parte, Holmes trata como inferiores a los policías oficiales, algunos de los cuales usan uniforme.
Addenda:
8. Hacia el final de la 5º temporada hay una referencia a un ficticio (¡como si lo demás fuera real!) romance con Irene Adler.
17.12.05
El festín de los asesinos
El festín de los asesinos - Varios autores, recopilador: Peter Haining - Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1993 - Título original: Murder in the menu; año 1991 - No consta el nombre del traductor.
Se trata de una recopilación de unos 30 cuentos policiales que tienen en común el hecho de que en todos ellos, de una u otra manera, interviene la comida. La mayoría de los relatos no son especialmente buenos ni especialmete malos. Quiero hacer una referencia a sólo tres de ellos.
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Cena para dos, de Roy Vickers (no consta el año original de publicación, pero por distintos indicios diría que seguramente fue escrito hacia 1950). En mi opinión, el mejor de los cuentos del libro. En el mismo comienzo del relato se sabe quién es el asesino. Se sabe también que la policía va a descubrirlo, la trama gira en torno a la pregunta de cómo lo logrará y el suspenso está tan bien logrado que uno no puede dejar de leer el cuento hasta llegar al final, el cual, paradójicamente, es totalmente impredecible.
Antes de cada relato el recopilador hace un pequeño comentario acerca del autor o del cuento. En éste caso el comentario afirma que Cena para dos fue uno de los primeros relatos con esta estructura inversa. Una estructura similar sigue la muy buena novela (a la vez policial y de ciencia ficción) El hombre demolido, de Alfred Bester y también los argumentos de la serie de televisión Columbo.
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La última cena, de Roger Zelazny. Zelazny ha escrito también ciencia ficción (en este mismo blog he comentado algún libro suyo) y en este cuento podríamos decir que muestra la hilacha. El cuento en sí no es tanto policial como fantástico: sin que nadie se dé cuenta, uno de los personajes de un cuadro que un pintor está componiendo cobra vida (mental, pues permanece inmóvil en la tela) y comienza a dominar la voluntad de su creador.
La relación con la comida está dada porque el tema del cuadro es la Última Cena (el personaje que cobra vida es Judas). Hasta aquí, un tema fantástico más, ni demasiado original ni demasiado trillado. Digo que Zelazny muestra la hilacha porque en un momento dado, en un comentario al pasar que no aporta nada nuevo, el pintor dice que el pigmento con el que ha pintado la barba de Judas está hecho en base a un polvo que tomó de un meterorito. De esta manera se trata de dar una explicación más o menos racional para la conciencia que adquiere el personaje pintado. Un verdadero escritor de cuentos fantásticos hubiera omitido tal explicación y hubiera dejado que Judas cobrara vida porque sí nomás, sin más vueltas, pero Zelazny, en cambio, no puede con su genio y pone de por medio un meteorito.
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Poison à la carte, de Rex Stout. Rex Stout (el creador de Nero Wolfe) es, entre los policiales, uno de mis autores favoritos, pero Poison à la carte ha sido una decepción. La acción comienza con una cena organizada de forma muy peculiar (muy al estilo Stout, debo decir): veinte gourmets, entre ellos Wolfe, se reúnen a cenar unos platos refinados preparados por el cocinero personal de Wolfe. Cada uno de los comensales será servido por una camarera diferente, cada una de ellas contratada especialmente para la ocasión. En medio de la cena, uno de los comensales, de apellido Pyle, se siente mal y a los pocos minutos muere. Wolfe deduce que ha sido envenenado y que la envenenadora sólo pudo ser la joven que le sirvió el primer plato.
Interrogan a la joven asignada al fallecido, pero ella dice que cuando llegó al lugar de Pyle, éste ya tenía un plato frente a él (un testigo confiable corroborta el hecho) por lo que ella le sirvió el plato que llevaba a X (otro comensal, no importa el nombre). Quien tenía que servir a X sirvió a Y, la camarera de Y sirvió a Z y así sucesivamente. Nadie admite haber servido a Pyle.
En el relato se comenta cómo estaban sentados los comensales (aunque eran 20, los importantes para el caso resultan ser sólo 5), se explica claramente quién sirvió a cada uno y se hace, en general, una descripción detallada de todas las circunstancias. Uno comienza a hacer sus cálculos, sus conjeturas y espera el final en el que Wolfe mostrará la deducción que apunte inequívocamente a la culpable.
Pues bien, nada de eso ocurre, Woilfe llega a la conclusión de que no hay forma de deducir quién es la culpable y apela a la burda trampa de llamar a cada una de las cinco sospechosas, decirle que sabe que ella es la culpable e insinuar un chantaje. Una de ellas cae en la trampa y se delata como la asesina. Fin del cuento. Como dije, una decepción. Todo parece sugerir que Stout imaginó una hermosa trama que después no supo como resolver. Más original hubiera sido que jamás se descubriera a la culpable y que el cuento terminara como el primero y único fracaso de Nero Wolfe.
Se trata de una recopilación de unos 30 cuentos policiales que tienen en común el hecho de que en todos ellos, de una u otra manera, interviene la comida. La mayoría de los relatos no son especialmente buenos ni especialmete malos. Quiero hacer una referencia a sólo tres de ellos.
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Cena para dos, de Roy Vickers (no consta el año original de publicación, pero por distintos indicios diría que seguramente fue escrito hacia 1950). En mi opinión, el mejor de los cuentos del libro. En el mismo comienzo del relato se sabe quién es el asesino. Se sabe también que la policía va a descubrirlo, la trama gira en torno a la pregunta de cómo lo logrará y el suspenso está tan bien logrado que uno no puede dejar de leer el cuento hasta llegar al final, el cual, paradójicamente, es totalmente impredecible.
Antes de cada relato el recopilador hace un pequeño comentario acerca del autor o del cuento. En éste caso el comentario afirma que Cena para dos fue uno de los primeros relatos con esta estructura inversa. Una estructura similar sigue la muy buena novela (a la vez policial y de ciencia ficción) El hombre demolido, de Alfred Bester y también los argumentos de la serie de televisión Columbo.
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La última cena, de Roger Zelazny. Zelazny ha escrito también ciencia ficción (en este mismo blog he comentado algún libro suyo) y en este cuento podríamos decir que muestra la hilacha. El cuento en sí no es tanto policial como fantástico: sin que nadie se dé cuenta, uno de los personajes de un cuadro que un pintor está componiendo cobra vida (mental, pues permanece inmóvil en la tela) y comienza a dominar la voluntad de su creador.
La relación con la comida está dada porque el tema del cuadro es la Última Cena (el personaje que cobra vida es Judas). Hasta aquí, un tema fantástico más, ni demasiado original ni demasiado trillado. Digo que Zelazny muestra la hilacha porque en un momento dado, en un comentario al pasar que no aporta nada nuevo, el pintor dice que el pigmento con el que ha pintado la barba de Judas está hecho en base a un polvo que tomó de un meterorito. De esta manera se trata de dar una explicación más o menos racional para la conciencia que adquiere el personaje pintado. Un verdadero escritor de cuentos fantásticos hubiera omitido tal explicación y hubiera dejado que Judas cobrara vida porque sí nomás, sin más vueltas, pero Zelazny, en cambio, no puede con su genio y pone de por medio un meteorito.
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Poison à la carte, de Rex Stout. Rex Stout (el creador de Nero Wolfe) es, entre los policiales, uno de mis autores favoritos, pero Poison à la carte ha sido una decepción. La acción comienza con una cena organizada de forma muy peculiar (muy al estilo Stout, debo decir): veinte gourmets, entre ellos Wolfe, se reúnen a cenar unos platos refinados preparados por el cocinero personal de Wolfe. Cada uno de los comensales será servido por una camarera diferente, cada una de ellas contratada especialmente para la ocasión. En medio de la cena, uno de los comensales, de apellido Pyle, se siente mal y a los pocos minutos muere. Wolfe deduce que ha sido envenenado y que la envenenadora sólo pudo ser la joven que le sirvió el primer plato.
Interrogan a la joven asignada al fallecido, pero ella dice que cuando llegó al lugar de Pyle, éste ya tenía un plato frente a él (un testigo confiable corroborta el hecho) por lo que ella le sirvió el plato que llevaba a X (otro comensal, no importa el nombre). Quien tenía que servir a X sirvió a Y, la camarera de Y sirvió a Z y así sucesivamente. Nadie admite haber servido a Pyle.
En el relato se comenta cómo estaban sentados los comensales (aunque eran 20, los importantes para el caso resultan ser sólo 5), se explica claramente quién sirvió a cada uno y se hace, en general, una descripción detallada de todas las circunstancias. Uno comienza a hacer sus cálculos, sus conjeturas y espera el final en el que Wolfe mostrará la deducción que apunte inequívocamente a la culpable.
Pues bien, nada de eso ocurre, Woilfe llega a la conclusión de que no hay forma de deducir quién es la culpable y apela a la burda trampa de llamar a cada una de las cinco sospechosas, decirle que sabe que ella es la culpable e insinuar un chantaje. Una de ellas cae en la trampa y se delata como la asesina. Fin del cuento. Como dije, una decepción. Todo parece sugerir que Stout imaginó una hermosa trama que después no supo como resolver. Más original hubiera sido que jamás se descubriera a la culpable y que el cuento terminara como el primero y único fracaso de Nero Wolfe.
3.11.05
Dos referencias
1) Un artículo de G.K.Chesterton (maestro entre los maestros) sobre cómo debe escribirse un cuento policial. Agradezco a Iván Skvarca por mencionármelo.
2) Una conferencia de Jorge Luis Borges (otro maestro entre los maestros) sobre el cuento policial.
2) Una conferencia de Jorge Luis Borges (otro maestro entre los maestros) sobre el cuento policial.
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